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28 de junio de 2012

El gato que se volvió puercoespín


Por Fernando Gómez-Gil Tenorio

En algún momento de todo ser humano, existe un periodo llamado juventud, en el cual suelen pasar cosas, muchas maravillosas y otras cuantas impensables, algunas de ellas ni siquiera creíbles, pero así es en estas edades. Así fue como sucedió en una prolongada pubertad de un individuo más corriente que común. A la salida de uno, de los hoy llamados antros, este individuo consideró que era inconveniente continuar en el establecimiento, no por la hora si no por lo inconveniente del estado etílico de ese momento. Así fue como decide ir a su casa, irresponsablemente, manejado su automóvil y, aunque no quedaba a gran distancia de este lugar llamado antro, no representaba un verdadero peligro para este amigo… ¡bueno!, por lo menos así lo consideraba él. Una vez llegando a su casa pasaba por un tramo de camino en el que ni la luz de la luna alcanzaba a iluminar, pero sí un pequeño foco que colgaba de la cornisa de una casa muy cercana a la de él. Esa pequeña luz dejaba ver a lo lejos una bola con extremidades puntiagudas que se movía a lo ancho de la calle. Y para el estado de ebriedad del individuo eso causó mucha alerta (un estado difícil de alcanzar dadas las condiciones del sujeto en cuestión).