Por Fernando Gómez-Gil Tenorio
En algún momento de todo ser humano, existe un periodo
llamado juventud, en el cual suelen pasar cosas, muchas maravillosas y otras
cuantas impensables, algunas de ellas ni siquiera creíbles, pero así es en
estas edades. Así fue como sucedió en una prolongada pubertad de un individuo más
corriente que común. A la salida de uno, de los hoy llamados antros, este
individuo consideró que era inconveniente continuar en el establecimiento, no
por la hora si no por lo inconveniente del estado etílico de ese momento. Así
fue como decide ir a su casa, irresponsablemente, manejado su automóvil y,
aunque no quedaba a gran distancia de este lugar llamado antro, no representaba
un verdadero peligro para este amigo… ¡bueno!, por lo menos así lo consideraba
él. Una vez llegando a su casa pasaba por un tramo de camino en el que ni la
luz de la luna alcanzaba a iluminar, pero sí un pequeño foco que colgaba de la
cornisa de una casa muy cercana a la de él. Esa pequeña luz dejaba ver a lo
lejos una bola con extremidades puntiagudas que se movía a lo ancho de la
calle. Y para el estado de ebriedad del individuo eso causó mucha alerta (un estado difícil de alcanzar dadas las
condiciones del sujeto en cuestión).