A diez años... La llegada fue caótica y nebulosa, además decisiva –jugaríamos al ‘survival’ compraríamos el boleto de
regreso para 21 días después de ese día en que habíamos llegado; además, sépase que aquí se
habla de un presupuesto inestable y escaso de una condición estudiantil
hambrienta de mundo. Así empezaba el juego. Otros amigos llegarían días
después, se alivianaría el asunto económico dado que viviríamos como gitanos en
las playas de Oaxaca. Amanecía en un Puerto Escondido, que ya no tan escondido, seguía estando en el mismo lugar, al que alguna vez, antiguamente, acudieron
las primeras generaciones a cometer actos vivenciales de horrendas habladurías
pero con esa blanca lucidez de libertad sesentera. Bien pues, ahí estábamos un
gran amigo y un servidor, con dos boletos de camión fechados para dentro de 21
días… Jugando al ‘survival’ y cargando una despensa para tres semanas de latas
de atún y sardinas, tortillas, nutelas, sopas instantáneas, galletas, pan -“cuidado
con el pan” (es imposible, siempre se aplasta el pan)- que guardábamos en una
hielera que cargábamos, junto con la tienda de campaña y las maletas con todas
nuestras fuerzas bajo un sol que no se movía, no había una sola nube, y nos apuntaba sin piedad.