Una vez estando ahí… multiplicamos las ocasiones y
nuestra estancia resultó en varios días de vecinos de un excelente changarro de
tablas de surf que poseía, dirigía y producía un chileno que tenía una novia
preciosa y hacía todo el ruido posible desde temprano por la mañana, no sin
disculparse de igual manera cada amanecer bajo la misma vibración de sierra y
madera; combinación que despertaba la resaca de los mezcales que habíamos
ingerido la noche anterior mientras rondábamos con exceso las calles y <<el
andador>>, irrumpíamos en los antros, discos, bares, cantinas y mi
borrachera era tal, que las grandes luces se hacían pequeñas y todas tenía un halo
amarillo alrededor aunque la luz fuera azul o blanca. Extrañaba el día, la
noche me mareaba de más. Habíamos de regresar no muy tarde para pernoctar y
descansar con el propósito de levantarnos a buen tiempo de ir por el Nigromante
Negro y el gran tenochca Sorrui que llegaban prestos, tres días después de
nuestro arribo a enmendar la plana, multiplicar las necesidades y unirse en las
gracias y desgracias del ‘survival’ al que jugamos con astucia y mucha
diversión. En fin la llegada de ambos personajes se las presento en la escena
siguiente… Mientras tanto en Puerto Escondido, amanecía, llegaban los autobuses
y en ellos, despertando, dos viajeros con ansias de mar y otros varios, bajaban
y quedaban en la espera de quienes, borrachos como mezcales de botella tapada
con plástico y liga -que daba pie a nuevos descubrimientos bacteriológicos de
corta vida debido a lo corrioso del alipús-, habían quedado de ‘-llegar
temprano, chido, sin pedos, no hay falla-’.
Somos una búsqueda. Una exploración creativa. Somos filósofos, cuenteros, poetas, ensayistas...
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26 de julio de 2012
25 de julio de 2012
Jugando a la vida (Parte I)
A diez años... La llegada fue caótica y nebulosa, además decisiva –jugaríamos al ‘survival’ compraríamos el boleto de
regreso para 21 días después de ese día en que habíamos llegado; además, sépase que aquí se
habla de un presupuesto inestable y escaso de una condición estudiantil
hambrienta de mundo. Así empezaba el juego. Otros amigos llegarían días
después, se alivianaría el asunto económico dado que viviríamos como gitanos en
las playas de Oaxaca. Amanecía en un Puerto Escondido, que ya no tan escondido, seguía estando en el mismo lugar, al que alguna vez, antiguamente, acudieron
las primeras generaciones a cometer actos vivenciales de horrendas habladurías
pero con esa blanca lucidez de libertad sesentera. Bien pues, ahí estábamos un
gran amigo y un servidor, con dos boletos de camión fechados para dentro de 21
días… Jugando al ‘survival’ y cargando una despensa para tres semanas de latas
de atún y sardinas, tortillas, nutelas, sopas instantáneas, galletas, pan -“cuidado
con el pan” (es imposible, siempre se aplasta el pan)- que guardábamos en una
hielera que cargábamos, junto con la tienda de campaña y las maletas con todas
nuestras fuerzas bajo un sol que no se movía, no había una sola nube, y nos apuntaba sin piedad.
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