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26 de julio de 2012

Jugando a la vida (Parte II)


Una vez estando ahí… multiplicamos las ocasiones y nuestra estancia resultó en varios días de vecinos de un excelente changarro de tablas de surf que poseía, dirigía y producía un chileno que tenía una novia preciosa y hacía todo el ruido posible desde temprano por la mañana, no sin disculparse de igual manera cada amanecer bajo la misma vibración de sierra y madera; combinación que despertaba la resaca de los mezcales que habíamos ingerido la noche anterior mientras rondábamos con exceso las calles y <<el andador>>, irrumpíamos en los antros, discos, bares, cantinas y mi borrachera era tal, que las grandes luces se hacían pequeñas y todas tenía un halo amarillo alrededor aunque la luz fuera azul o blanca. Extrañaba el día, la noche me mareaba de más. Habíamos de regresar no muy tarde para pernoctar y descansar con el propósito de levantarnos a buen tiempo de ir por el Nigromante Negro y el gran tenochca Sorrui que llegaban prestos, tres días después de nuestro arribo a enmendar la plana, multiplicar las necesidades y unirse en las gracias y desgracias del ‘survival’ al que jugamos con astucia y mucha diversión. En fin la llegada de ambos personajes se las presento en la escena siguiente… Mientras tanto en Puerto Escondido, amanecía, llegaban los autobuses y en ellos, despertando, dos viajeros con ansias de mar y otros varios, bajaban y quedaban en la espera de quienes, borrachos como mezcales de botella tapada con plástico y liga -que daba pie a nuevos descubrimientos bacteriológicos de corta vida debido a lo corrioso del alipús-, habían quedado de ‘-llegar temprano, chido, sin pedos, no hay falla-’. 

25 de julio de 2012

Jugando a la vida (Parte I)


A diez años... La llegada fue caótica y nebulosa, además decisiva –jugaríamos al ‘survival’ compraríamos el boleto de regreso para 21 días después de ese día en que habíamos llegado; además, sépase que aquí se habla de un presupuesto inestable y escaso de una condición estudiantil hambrienta de mundo. Así empezaba el juego. Otros amigos llegarían días después, se alivianaría el asunto económico dado que viviríamos como gitanos en las playas de Oaxaca. Amanecía en un Puerto Escondido, que ya no tan escondido, seguía estando en el mismo lugar, al que alguna vez, antiguamente, acudieron las primeras generaciones a cometer actos vivenciales de horrendas habladurías pero con esa blanca lucidez de libertad sesentera. Bien pues, ahí estábamos un gran amigo y un servidor, con dos boletos de camión fechados para dentro de 21 días… Jugando al ‘survival’ y cargando una despensa para tres semanas de latas de atún y sardinas, tortillas, nutelas, sopas instantáneas, galletas, pan -“cuidado con el pan” (es imposible, siempre se aplasta el pan)- que guardábamos en una hielera que cargábamos, junto con la tienda de campaña y las maletas con todas nuestras fuerzas bajo un sol que no se movía, no había una sola nube, y nos apuntaba sin piedad.