En el abrigo del día las palabras se van dejando solas
en su abismo de silencio, se van uniendo y disipando. Sentado entre las ramas
del desconcierto. Error siniestro el pensar en el paso del tiempo que se ha
quedado atrás. Nada de lo que ya fue, es ni será, Nada es nuestro ser en
completa exactitud, precisión universal. La palabra es guía y muro. Máscara de
sabores extraños que no se detienen en su curso. ¿Completo o incompleto?
Inacabado, imperfecto, casi maldito y condenado. Despierto aún en mi alma. No
he estado sino abriéndome al universo que con su desgarradora injusticia ha
mermado el espíritu del hombre. Ilusión de movimiento y perpetuidad de lo
estático, de lo inamovible, inexpresable; manto que cubre nuestra soledad y nos
dibuja una libertad inocua una posesión del mundo inexistente. Se nos escurren
las palabras por las manos y el cuerpo se va quedando en su cadáver, esperando
su muerte su tiempo, su último dolor y aliento, el último empuje de sabor
amargo, necesario e inevitable. En el día el camino se disipa entre las ondas
de calor que borran el camino todo se hace mente y, entonces, el alma se hace
sombra y, la realidad, es nada menos que un significado inalcanzable.