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28 de abril de 2012

Río de día, espacio de noche…


En el abrigo del día las palabras se van dejando solas en su abismo de silencio, se van uniendo y disipando. Sentado entre las ramas del desconcierto. Error siniestro el pensar en el paso del tiempo que se ha quedado atrás. Nada de lo que ya fue, es ni será, Nada es nuestro ser en completa exactitud, precisión universal. La palabra es guía y muro. Máscara de sabores extraños que no se detienen en su curso. ¿Completo o incompleto? Inacabado, imperfecto, casi maldito y condenado. Despierto aún en mi alma. No he estado sino abriéndome al universo que con su desgarradora injusticia ha mermado el espíritu del hombre. Ilusión de movimiento y perpetuidad de lo estático, de lo inamovible, inexpresable; manto que cubre nuestra soledad y nos dibuja una libertad inocua una posesión del mundo inexistente. Se nos escurren las palabras por las manos y el cuerpo se va quedando en su cadáver, esperando su muerte su tiempo, su último dolor y aliento, el último empuje de sabor amargo, necesario e inevitable. En el día el camino se disipa entre las ondas de calor que borran el camino todo se hace mente y, entonces, el alma se hace sombra y, la realidad, es nada menos que un significado inalcanzable.